No encontraba el destino. Busqué letreros, personas del lugar, una casa aislada, alguien a quien preguntar... Nada.
Continué buscando, hasta que dudé. Saqué el papel arrugado que contenía la dirección −explicada con sencillos trazos− y constaté que no me equivocaba, pero seguí otra vez las instrucciones paso por paso.
Me di cuenta a la sexta vuelta: tú nunca quisiste que lo encontrara y me entregaste, sin vacilar, lo primero que se te ocurrió. Entonces decidí, por curiosidad, parar en el punto exacto que indicaba el “plano”.
La ironía es que tú aún no sabes qué destino consta en ese trozo de papel que sin pensar trazaron tus manos. Pero no te apures, sin duda pronto lo sabrás, lo llevas grabado en el subconsciente desde que naciste y tal vez haya llegado el momento.
Cuando mueras, te lo explicará Lucifer: es el plano de tu regreso.
Encarna Martínez
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sábado, 10 de abril de 2010
viernes, 9 de abril de 2010
PLACIDEZ
(Al mar de Jávea, siempre)
Me angustia tu distancia. Y aún más, la cruel incertidumbre de no saber si el tiempo se beberá algún día el dolor que nos separa.
Recuerdo cuando era libre para correr hasta ti; cuando, sintiendo que perdía algo de mi interior al transcurrir el tiempo separados, solo tenía que organizar mis días siguientes para poder escaparme sin más a recuperar la vida que se iba quedando entre nuestra distancia.
Cuando iba en el coche ya camino de serenar mi ansiedad, paradójicamente sentía mi corazón acelerarse con cada pueblo que dejaba atrás. Después, cuando por fin llegaba a nuestro encuentro mágico, el tiempo ya no existía (¡quién lo diría ahora!) Todo se transformaba en la indescriptible sensación que ardía dentro de mi cuerpo al refugiarse por completo en el tuyo, sintiendo cómo era envuelto por tu caricia hasta fundirse contigo en uno solo.
Paz. Plenitud. Y lágrimas. El contenido llanto de distancia transformado en sosiego al disolverse en tu alma. Me sentía encoger cada vez más según tu grandeza recorría y envolvía cada milímetro de mi cuerpo.
Entonces, como si yo fuera una pluma, me sujetabas con tus amplias palmas y, liviana, quedaba a tu merced, llena de ti, con los ojos cerrados y confiada, flotando libre sobre la placidez de tus aguas...
Ahora que soy esclava de mi propio cuerpo, no me queda sino el recuerdo; y a veces –pocas- una mínima esperanza de que el tiempo me devuelva parte de lo que fui para poder volver a tu lado y moverme libremente en tu regazo.
Encarna Martínez
martes, 30 de marzo de 2010
Nada
Cuando aceptó que nunca más regresaría a aquel lugar, vació la memoria de recuerdos para poder sobrevivir a la distancia. Todo aquello que había representado su vida, de repente, ya no era nada.
¿Qué más podían robarle? ¿El alma? El tiempo, la había llenado poco a poco de telarañas y ahora era como un desván cubierto de polvo de añoranza.
Encarna Martínez
viernes, 26 de marzo de 2010
Agazapada
Se quedó mirando la esfera plateada. Le devolvió una imagen tan patética que le produjo un sobresalto.
Cerró los ojos con los párpados apretados y, al abrirlos, la imagen continuaba allí, pero la piel aparecía aún más arrugada. Quiso gritar y huir. Quiso ampararse en el espejo de su casa.
Horas después consiguió partir. Al llegar, abrió temblando la puerta y se dirigió a su dormitorio, sacó el espejo que guardaba en el fondo del armario desde hacía meses y fue directo al baño, donde la luz era más potente. Se enfrentó a su rostro con miedo, temeroso de encontrarla allí. Al verse, le invadió una sensación de espanto: arrugas, pelo cano, cuerpo encorvado, y esa piel cetrina que le susurró al oído el secreto. No pudo pronunciar palabra (habría sido en vano).
La muerte, se acercó sigilosa…
Encarna Martínez
Encarna Martínez
domingo, 7 de febrero de 2010
Mariposas
Mariposas.
Abrir un saco lleno de palabras, anécdotas, vivencias; ¡qué fácil sería si, como mariposas, volaran para posarse suavemente sobre el papel! Páginas y páginas llenas de breves momentos. Polvo de alas. La vida. La vid.
Pero, al abrir el saco esa vida me desborda. Me siento incapaz de mirar y cierro los ojos.
Del saco no salen mariposas. Es ansiedad; ansiedad que aspiro hasta llenar los pulmones lo suficiente como para oxigenar un cerebro perdido en una nebulosa. Trato de olvidar las mariposas. Sé que nunca conseguiré ordenar el polvo que se desprende de sus alas. Manchas amorfas. Palabras y frases inconexas cuyo significado solo yo seré capaz de comprender. Y yo ya lo sé. No puedo poner en orden mis ideas, tal vez porque mi vida haya sido un caos, o porque sin serlo en sí, cada momento se amontonan unos cadáveres sobre otros sin darme tiempo a enterrarlos dignamente. Un cementerio con una única fosa, una gran fosa común donde el tiempo reducirá todo, hueso a hueso, a polvo, mezclando caóticamente cada partícula en el silencio de la tumba.
Polvo de alas.
Polvo de huesos.
Polvo del camino.
Al final todo se reduce a polvo. ¿Quién es capaz de dar vida a una mariposa a partir del polvo de sus alas? ¿Y quién sabe leer la vida reducida en la fosa a polvo de huesos? ¿Quién, del polvo del camino, recogerá en un libro las palabras que escaparon inconexas?
Orugas. Huellas. Palabras... Polvo del mañana.
El viento sopla de Poniente, suave, cálido, empujando el polvo hacia el mar, donde se posa, marinero, hasta perderse en la profundidad.
Encarna Martínez
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